CHISPORROTEOS
Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 01 abril, 2009
Alberto F. Cañas
Hay un curioso renacimiento cultural y artístico verdaderamente palpable. No cubre todo el mundo del arte y la cultura, pero ya llegará.Lo más visible y lo más impactante ha sido la estupenda decisión de ofrecer funciones diurnas y de poca duración a mediodía en el Teatro Nacional, que se llena con una verdadera avalancha de gente que acude a escuchar conciertos, ver bailarines, y hasta pudo disfrutar de una versión abreviada de la comedia de Lope de Vega que nos enviaron de España, pagando 500 colones por la entrada. Felicitaciones a las autoridades del Ministerio de Cultura y del Teatro mismo, que idearon y han hecho posible este hecho tan trascendental.
La presencia aquí por pocos días del equipo juvenil de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de Madrid, permitió ver, a precios perfectamente ridículos, un estupendo montaje de una comedia que, si bien es una obra menor de Lope de Vega, requiere un elenco totalmente de gente joven. La puesta en escena no era tradicional, pero tampoco lo que llaman experimental, pues el director no quiso lucirse él sino lucir la obra, sin tocarla ni alterarla. Nada de pintarle bigotes a la Monalisa ni de ponerle marimbas a la Novena Sinfonía para lucimiento del director. Las Bizarrías de Belisa que vimos fueron claramente las del original, con un reparto capacitado de admirables intérpretes jóvenes (principalmente la actriz protagónica Eva Rufo) y una dirección escénica imaginativa y respetuosa de la que aquí casi todos deberían aprender.
Un festival cultural en esa capital del sur que es San Isidro (o Pérez como han decidido llamarla sus habitantes sin que nadie pueda detenerlos), ha sido también un éxito fulminante y demuestra que cuando se quiere hacer las cosas no hay burócrata ni auditor que logre detenerlas. La voluntad es lo que se impone.
El que una hermosa puesta teatral (respetuosa también) como fue la de La Rosa de Dos Aromas en la sala Vargas Calvo, haya regresado a San José y se esté ofreciendo otra vez en el Teatro 1887, demuestra que hay público para el buen teatro, que sabe lo que es buen teatro. Lo que sucede es que, a base de romeos en overoles, no le ofrecen ese buen teatro que desea, sino vanos experimentos de director casi siempre sin pies ni cabeza y siempre sin cabeza. Los martes a las 12, en el Teatro Nacional, son una oportunidad para ofrecer buen teatro. Obras breves y de categoría, puestas con respeto. El repertorio mundial está lleno de ellas, y si las montan como se debe se obtendrá el permiso para las que necesiten de él.
Además, los excelentes conciertos de nuestra excelente orquesta sinfónica, siguen repletos de público. El Teatro Nacional, en suma, está radiante e irradiando como nunca, y sus producciones viajan. No se puede pedir más.
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