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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 01 julio, 2009



CHISPORROTEOS


Después de asistir a una representación del espectáculo Figueroa, cuyo autor, Jorge Arroyo, es bien conocido y aplaudido por su labor como dramaturgo y poeta, no puedo menos que poner de manifiesto todo el aprecio y admiración que le profeso, para pedirle que por favor se tome un descanso.

No es aconsejable escribir obras teatrales una tras otra, y esperar que a esa velocidad se mantenga un mínimo de calidad dramática. El teatro histórico de Arroyo se lució con su notable La Tea Fulgurante, pero ese acierto no se ha repetido en sus últimas piezas.

Hace pocas semanas estrenó La Romería, que, como la que me ocupa hoy, obtuvo un Premio Aquileo Echeverría, lo que me hace sospechar que ambas habían sido estrenadas antes de este año.

En La Romería, que en su lectura resulta agradable aunque repugna el abuso que se hace en ella de un lenguaje de burdel y mesa de tragos, al verla representada comprende uno la diferencia que hay entre la conversación y el diálogo teatral. La Romería son dos personas conversando, sin que esa conversación tenga un tema que se plantee, se desarrolle y se resuelva. Hablan y hablan. No hay conflicto dramatizable entre ellos, y por lo tanto no hay desenlace ni solución, ni final. Los dos personajes llegan al sitio a que se dirigían y la representación se acaba. Es muy penoso asistir al teatro a oír conversar. El diálogo teatral (recordemos que originalmente era siempre en verso) debe tener un nivel superior al coloquial, y por supuesto al de los burdeles; debe salir del cerebro del dramaturgo y no de una grabadora, aunque se le haya colocado debajo de una cama o sobre el mostrador de una cantina.

Viene ahora Figueroa. Jorge Arroyo quiere hacer teatro sobre nuestra historia o sobre la Costa Rica de nuestros antepasados. José María Figueroa fue un buen señor un poco díscolo, que en su madurez escribió una especie de diario que ilustraba hábilmente, y que se conserva en el Archivo Nacional. Pero ni el personaje ni lo que escribió son trascendentales, ni Figueroa es un personaje teatral redondo, con vida propia, cuya personalidad, hechos o ideas puedan interesar a un público teatral. Entre otras razones, porque sus hechos no tienen unidad ni continuidad y carecieron de trascendencia.

La pieza de Arroyo consta de escenas sueltas de la vida de este personaje, sin continuidad, sin que ninguna tenga consecuencias: una sucesión de cabos sueltos, algunos, es cierto, como los que se refieren a su primera juventud, tienen cierto interés, pero uno tras otro no dan idea del personaje, ni de su crecimiento o desarrollo, pues aunque esté en escena, está visto con una abrumadora superficialidad y nunca llegamos a saber qué es lo que lo hace funcionar… ni si funciona.

Arroyo ha llenado la escena de gente innecesaria. Ningún pito toca un Figueroa agonizante que no sale de escena ni por un momento y que la comparte en silencio con el Figueroa adolescente, el Figueroa joven y el Figueroa adulto. Nada hacen ahí todo el tiempo tres señoras estrafalariamente trajeadas que presumen de coro griego pero no dicen nada que valga la pena, que explique, interprete o signifique algo.

Todo es una interminable sucesión de episodios desconectados, ninguno de los cuales tiene importancia. Lo que tenemos es una cantidad enorme de actores representando hasta cinco personajes cada uno para no llegar a ninguna parte. Además, la escenografía es de una pobreza que sobrecoge, y el vestuario es lamentable, y nunca parece coincidir con la época o épocas en que se va desarrollando la pieza, de manera que no cumple con su misión básica de ambientar.

Arroyo tiene talento para mucho más. Pero después de desperdiciarlo en temas trillados como Mata Hari, ahora se está desperdiciando con piezas como ésta presuntamente histórica pero que ni cuentan una historia, ni describen una época ni definen un personaje. Es un tico de tomo y lomo, conoce a Costa Rica y a su gente, y todo es cuestión de que, perfeccionando el simpático tono de farsa de sus primeros éxitos, reanude la exploración de su mundo y de su gente, haciéndonos reír si quiere, poniéndonos a pensar o conmoviéndonos si así le place. Pero por Dios, haga un alto en el camino, porque si no lo hace terminará intentando una pieza teatral sobre las tablas de multiplicar.

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