Chisporroteos
Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 21 noviembre, 2007
Como los impertérritos funcionarios que negociaron el TLC nunca le informaron al país lo que estaban haciendo ni consultaron a la opinión pública y sólo enteraron de lo que pasaba a sus poderdantes para proclamar al final un apocalíptico “lo toma o lo toma”, nunca supimos sino hasta que el documento quedó firmado, que incluía —todavía no se ha aclarado por gestión de quién— la transformación de la república solidaria que tanto costó construir, en una república capitalista grata (¡por fin!) a Wall Street.
El hecho es que esa transformación está contenida, no en el tratado propiamente dicho, sino en un grupo de proyectos que actualmente están en la Asamblea Legislativa porque no fueron tema del referéndum.
Y aunque el Tratado no lo dice (no podría decirlo), algunos se empeñan en que los proyectos tienen que ser lo que presentó el Ejecutivo, que nadie sabe cuántos de los mil participaron en su redacción, y que individualmente no han sido objeto de debate alguno ni en la Asamblea ni en la prensa.
Pero el grupo de 38 diputados parece estar con 38 grados de calentura en relación con esos benditos proyectos. Y no se ha producido, repito, ninguna discusión pública sobre el contenido particular de cada uno de ellos; pero los 38 maniobran para ver cómo los aprueban lo más rápidamente que es posible, y aceptando el menor número posible de modificaciones al original de Zapote.
¿Por qué esos y no otros? ¿Es que los que envió la Casa Presidencial son perfectos e intocables? Fíjese usted, lector, que la prensa misma habla de ellos, pero ni los explica ni los analiza. Y no sabemos cómo anda cada uno, pero hay una extraña y sospechosa precisa que se empeña en que se aprueben ligero y tal como están, aunque los ciudadanos no sepan (no sepamos) qué es lo que contienen, hacia donde apuntan, ni si tendrán algún veneno escondido
Por otra parte, no todo ha de ser pesimismo en este país. Este ya oprobioso debate que no termina ha tenido efectos muy favorables, como el de despertar la conciencia de los ciudadanos para que, como antaño, se interesen en los asuntos públicos y no los dejen irresponsablemente en manos de la gradería de sol que se apoderó de los poderes públicos.
En los años que llevo de dar clases en universidades, nunca he encontrado una generación juvenil tan abierta, tan despierta ni con tantas ganas de empaparse de lo que ocurre. A pesar de que el abstencionismo fue grande, la cantidad de gente que participó en el domingo 7 para decir sí o no, implica un despertar de conciencia. Tal vez fue muy aburrido e insistente el debate, pero abrió ojos y despertó conciencias. Tengo la impresión (siempre he sido optimista), de que no solo en la juventud sino también entre la gente madura y por todo el país, se comienza a producir un despertar como el de la década de 1940. Y que Dios coja confesados a los que esto pueda perjudicar.
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