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Chisporroteos

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 19 enero, 2011



Chisporroteos

Me sobrecoge pensar que Julio Suñol ha fallecido. Fue la nuestra una relación de amistad y mutuo aprecio que se prolongó a lo largo de cincuenta años, y que nuestras diferencias políticas (que comenzaron pocos años después de nuestra amistad) no suspendieron ni siquiera empañaron.
Estábamos comenzando la ímproba lucha de instalar este periódico. Yo como director, estaba empeñado en reclutar muchachos jóvenes, novatos y sin vicios profesionales a quienes guiar dentro de la concepción de un periodismo distinto al que tradicionalmente se había hecho en Costa Rica.
(Hago aquí un paréntesis para decir que, con el correr del tiempo he concluido que el periodismo costarricense de los años veintes y treintas tenía enormes virtudes que han desaparecido del periodismo actual).
Y entre los muchachos que llegaron a buscar trabajo en La República en 1951 (recuerdo a Macho Cordero Croceri, Virginia Maroto, Allen Pérez Chaverri, Salvador Lara) apareció ese puntarenense, todavía sin cédula pero con unas ganas enormes de ser periodista, que era lo principal. Luego demostraría que las ganas estaban justificadas por la aptitud.
Luego hubo una separación política. Julio salió elegido diputado en 1962 por un partido proFidel Castro que había organizado Enrique Obregón. Y de 1962 a 1966 sostuvimos una endemoniada polémica casi cotidiana porque Julio se convirtió en un notable diputado solitario que asumió personalmente todas las obligaciones, derechos y pleitos que una oposición debe hacer en la Asamblea Legislativa. Recuerdo esos años como de fuerte actividad, pero sé que de ellos salió fortalecida nuestra mutua estimación.
Fue después de 1966 que Julio se lanzó de lleno al periodismo, ya no como el mero redactor de calle que había sido conmigo, sino en grande. Terminó adquiriendo el Diario de Costa Rica, y siendo el primer Presidente del Colegio de Periodistas cuando éste se fundó. En esa primera directiva yo fungí como vocal, y recuerdo que preparé (robándole horas al Ministerio de Cultura) en la preparación de ciertos reglamentos cuya índole he olvidado.
Luego comenzó a escribir con seriedad. Me hizo el honor de pedirme que le prologara su primer libro, un relato detallado sobre la caída de la dinastía Somoza y lo que luego terminó por ser el advenimiento de otra dinastía igualmente hedionda.
Su bibliografía es amplia. Escribió numerosas novelas, y no fue nunca ese periodista que recoge anualmente en libros sus producciones pasajeras. Sus libros son libros, no recopilaciones.
Largo tiempo dedicó a combatir a Robert Vesco, pero el descubrimiento de la verdad sobre este sujeto ha restado interés a su libro sobre él, único de los suyos al que eso le ha ocurrido
En sus últimos años ingresó a la diplomacia y fue diplomático de buena categoría que lució al país.
Ahora se va. Su partida es prematura, como la de todo ser humano útil. La pérdida no es solo de los suyos. Es de la profesión y del país.

Alberto F. Cañas
[email protected]

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