La rebelión de los cantones
Arturo Jofré [email protected] | Viernes 21 junio, 2013

La gente es más educada y mejor informada, menos dispuesta a aceptar la corrupción, el engaño, la falta de transparencia, las torpezas, de quienes los representan
La rebelión de los cantones
Tenemos una crisis de representación, la gente está buscando otros medios para expresarse y resolver sus problemas. Las cosas siempre empiezan por “detalles”, como la propuesta de peajes increíblemente altos para mejorar una carretera.
Qué curioso, en Río de Janeiro los grandes movimientos populares empezaron por el incremento del pasaje de buses. Hay algo que sopla a esas pequeñas llamas.
La potente frase de que en Costa Rica un escándalo no dura más de tres días es cierta. El problema es cuando se acumulan escándalos y problemas a un ritmo que ni siquiera permiten que se enfríen los anteriores. A esto se agrega la falta de confianza, de credibilidad, que se ha generado.
El caso de Brasil es interesante, porque no tiene tradición de movimientos populares que protesten por algo. Su población ha resistido dictaduras, olas interminables de corrupción, pero su población no ha usado la protesta popular.
Es un claro ejemplo de que a la gente de pronto se le acaba la paciencia y lo que fue ya no es.
Hace un año el poderoso movimiento estudiantil “YO SOY132” hizo temblar a México con sus megamarchas, sus peticiones originales se centraron en la transparencia informativa ante la elección presidencial, pero pronto perdieron la focalización y fueron agregando a la agenda una lista de petitorios a medida que nuevos grupos se integraban. ¿Qué es del movimiento 132 un año después? Como lo pronosticaba el investigador mexicano Raúl Trejo Delabre, todo esto terminó en una “catarsis momentánea”.
Peter Block, en su libro “Community: The Structure of Belonging”, escribió que el logro más sostenible en una comunidad ocurre cuando los ciudadanos descubren su propio poder al actuar… cuando los ciudadanos dejan de esperar la llegada de profesionales y líderes políticos para hacer alguna cosa y deciden que ellos pueden reclamar lo que han delegado a otros.
El mundo grande y nuestro pequeño espacio nos quieren decir algunas cosas. Primero, la gente es más educada y mejor informada, menos dispuesta a aceptar la corrupción, el engaño, la falta de transparencia, las torpezas, de quienes los representan.
Hay que aprender también que la gente, por medio de la protesta “informal”, está logrando ser escuchada. ¡Vaya si no!
Hay que aprender que estos movimientos al crecer pierden sus objetivos originales y esa es su mayor debilidad. El problema no es hacer más ambicioso el objetivo central, sino en desagregarlo en decenas de petitorios desencadenados.
Hay que aprender que estos movimientos, un poco amorfos al inicio, pueden ser objeto de una ruda lucha de poder, que finalmente puede desintegrarlos o quitarles su fuerza.
Las comunidades pueden hacer mucho organizándose y haciendo valer su poder con respeto y civilizadamente, en ese espacio es más fácil escoger a sus líderes, focalizarse, llamar a cuentas a sus representantes. Tal vez así se le da más oxígeno a la democracia y los partidos políticos también empiezan a aprender.
Arturo Jofré
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