Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Lunes 24 diciembre, 2012
En las oficinas administrativas de Liga Deportiva Alajuelense se construyen nuevos anaqueles.
Llegó a la dirección técnica del primer equipo, un coleccionista de títulos.
A cada rato se abren las vitrinas y se coloca uno nuevo.
El director técnico es un triunfador.
Odia las conferencias de prensa pero el cargo que ostenta lo obliga a ir a ellas.
Rechaza las luces; le estorban.
Aborrece los micrófonos y un periodista al frente suyo libreta en mano, se le asemeja estar de pie frente al pelotón de fusilamiento.
Treparse a una tarima es un infierno.
Vestir de saco y corbata, quizá en Japón, cuando llegue a jugar el Mundial de Clubes, su pequeña gran obsesión, única que lo mantiene amarrado al puesto (por ahora).
Se siente incomprendido por los patronos, la prensa deportiva y los fieles del equipo.
No entiende el cómo y el porqué, mientras gracias a su trabajo inunda en tan cortos lapsos al club de las coronas que otros añoran, no recibe un reconocimiento que por otro lado le resbala.
El sábado, mientras su cuestionada estrategia le daba al club su título 28 y el estadio Alejandro Morera era un manicomio con centenares de locos fanáticos sueltos vestidos de rojo y negro, fue empujado por Mauricio Montero a retirar la medalla al campeón y luego se esfumó por la puerta de atrás del coliseo.
En su casa en Belén, lo esperaba su verdadera felicidad; el espacio donde su esposa e hijos, un tamal de cerdo y un café con leche le dan lo único que necesita. No quiere, no pide y no necesita nada más.
Respeta los contratos, por eso, cuando se aburra de tanto cuestionamiento a su estrategia y aunque su jefe diga que le falta un año o dos más al frente del equipo, este Macho se va a ir para su casa sin pedir indemnizaciones porque se rompan incisos o cláusulas.
A la fuerza será imposible retenerlo; si continúa es porque lo quiere y lo desea y porque todavía la pasión por el fútbol que lo embriaga, le gana la partida al calor de su familia.
Los muchachos que dirige, meten y meten goles; ganan y ganan campeonatos, y Oscar Ramírez no salta, no se abraza, no sonríe. Lleva su procesión por dentro.
La fiesta en la provincia de Alajuela continúa, ya solo falta una corona para alcanzar al Saprissa, el acérrimo enemigo.
¿La ganará este coleccionista de títulos, de estrategias inteligentes, estudioso de la táctica en el fútbol; devorador de partidos por video, al que le resbala poner a su equipo a jugar bonito y quedarse sin nada?
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