Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Lunes 06 enero, 2014
Fui el niño más feliz del mundo gracias a Roquito.
En esa edad tan linda en que transitás de niño a preadolescente, cuando combinás las obligaciones de la escuela primaria, con los deberes de monaguillo, los ensayos con el coro, las mejengas y los juegos infantiles, ser primo hermano de Roque Rímolo Napolitano resultó un privilegio.
Solo por situarnos en una época determinada, de 1950 a 1957, la magia, inventiva, fantasía, creatividad, imaginación y liderazgo de nuestro primo Roquito, nos sumergió a sus hermanos Luis Alfredo y Eduardo; a sus primos Tano, Osvaldo, Mario y Gerardo; a sus amigos Fernando, Alfonso, Emilio y otros niños cercanos al entorno, en un Disneyworld criollo, en un mundo mágico, donde cada visita a la casa de tío Luis y tía Filomena se convertía en días enteros de ensueño.
Roquito inventaba juegos con chapas, botones, bolas de vidrio; convertía la mesa del comedor y sus largos manteles en majestuosos escenarios deportivos, donde con botones en lugar de balones jugábamos horas y horas béisbol y fútbol.
En el patio trasero de la residencia, dos sillas de madera eran las porterías, la pequeña bola de tenis la pelota y “dos contra dos” los equipos.
Con sus propias manos, Roquito elaborada canastas de baloncesto en miniatura, las pegaba en la pared y en el amplio salón que era la sala de la residencia, con una bolita un centímetro más pequeña que el aro del enceste, armábamos mejengas de básquet interminables.
Mis tíos vivieron muchos años al puro frente del portón de la Prensa Libre, en la cuesta, donde hoy se levanta una agencia de Fuerza y Luz. Roquito nos preparaba un arsenal de armamento con ligas, flechas y semillas y desde el segundo piso de esa casa, atrincherados en el techo, les declarábamos la guerra a los pregoneros del periódico que respondían con balas de papel y piedras, unas batallas que para niños de nueve o diez años resultaban épicas.
En los recesos de tanta diversión, sin televisión, computadoras ni celulares, tía Filomena nos regalaba unas tajadas de queque inmortales y helados de chocolate.
Podría escribir un libro con las fantasías y la magia de Roquito; ingeniero civil, honra del MOPT, supervisor y creador de caminos y carreteras, profesional de barro y campo. Honesto hasta los huesos.
A Roquito lo enterramos ayer y todos sus familiares estamos con el corazón roto.
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