Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Martes 11 febrero, 2014
Hoy no escribo de deportes.
La fotografía de Alexánder de 11 años, Tallulah de siete y Willa de seis, abrazados a su madre Mimi, llorando devastados en el funeral de su papá, el gran Philip Seymour Hoffman me revolvió las entrañas y me lanzó a un pasado infernal.
Adicto a la heroína, este actorazo ganador del Óscar por su papel como Truman Capote, sucumbió a los 47 años de edad en una residencia de West Village en Manhattan cercana a la casa de su esposa e hijos.
Su mujer tuvo que tomar la dramática decisión de “echarlo” por el pésimo ejemplo que daba a sus hijos, a pesar de que Philip los amaba y no faltó un solo día a recogerlos para pasear y comerse un helado. El único día que Seymour no llegó fue el pasado 2 de febrero; en medio de la expectación del Super Bowl y temperatura de congelador, el escritor David Katz, amigo de Philip irrumpió en el departamento de Hoffman y lo encontró exánime en el baño. Vestía una camiseta roja, un calzoncillo desgastado y tenía una aguja clavada en el brazo.
El guionista Aaron Sorkin, compañero de adicción de Seymour, manifestó en la vela, que en una ocasión el ahora fallecido le dijo que si uno de los dos moría de sobredosis, probablemente se salvarían diez vidas.
“Con eso, él quería decir que nuestras muertes serían noticia y que con eso, probablemente asustaría a alguien que esté empezando a consumirla”, explicó Sorkin.
Y esto es lo que queremos rescatar: la vida de Seymour se asemejó a la mía: adicción a una droga; tres hijos, pérdida del hogar por consumo, progresividad, degeneración, cárcel, caño, hospitales, locura y muerte. Dios me dio una nueva oportunidad a la que Philip no llegó. Como escribió el domingo Jorge Hernández en la Teleguía, Seymour “vivía por nada pero murió por algo”.
Ese algo es el que narró su amigo drogadicto Sorkin: por ahí se mueve un producto del espectáculo que se llama Justin Bieber, noticia negativa por su consumo de drogas, ni que decir de las chicas Disney, hoy todas adictas a los estupefacientes.
En Costa Rica miles de jóvenes se drogan con alcohol y en Palmares se batieron récords mundiales de consumo de cerveza. Un periódico “nacion-al” se dio el lujo de escribir un reportaje de dos páginas en homenaje a la cerveza.
El alcohol mata más personas que la heroína.
¿Cuándo haremos conciencia de que un muchacho cuando se traga su primera cerveza, sabe dónde comienza, pero jamás sabrá cómo termina? Sino que lo diga Philip.
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