Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Jueves 24 abril, 2014
Cuando un equipo necesita 90 minutos para anotar dos goles y salvarse momentáneamente de un descenso de categoría, pero enseguida necesita meter tres en 88 minutos para lograr esa meta, “la carajada” se complica.
Y eso le sucedió a Puntarenas anoche.
Obligado a meter un gol, digamos que en los primeros 15 minutos de juego, para alivianar cargas y presiones y levantar a la masa naranja que lo pensaba apoyar desde las gradas, más bien permitió un gol que prácticamente dictaba sentencia.
El Lito Pérez enmudeció con el gol de Diego Díaz y ya no pudo levantarse en llamas.
En un juego donde el reloj se convierte en más protagonista que cualquier jugador, donde el tiempo es oro para transitar hacia la meta propuesta: la visita defender la categoría; el anfitrión salvar el descenso, empezar perdiendo 1-0 cuando no se han jugado ni tres minutos despedaza los planteamientos.
Y lo peor, se pierde mucho tiempo.
Cuando Puntarenas empató a uno con un precioso remate de Yashín Bosques, desde luego que el partido estaba como empezando, pero el reloj marcaba 27 minutos y entonces, el Puerto quedó obligado a meter sus dos ansiados goles, ya no en 90 minutos, sino en 63.
La cosa se puso fea.
Carlos de Toro interpretó los dictados del reloj y prefirió atrincherar a sus soldados, conocedor que la artillería del rival no es precisamente muy fuerte. Lo comentamos ayer en este mismo espacio.
Cada 60 segundos que la manecilla del diabólico aparato avanzaba, más grande se hacía el empate y mucho más grande la presión y desesperación de un rival que urgía mover de nuevo las redes y no hallaba la ruta. Demasiadas piedras en el sendero.
Cuando el portero de Limón, Román Arrieta, por mucho la figura del juego, terminó su obra de teatro, combinada con lesión, desgarro, ópera, cofal, dolor y rebeldía, le quedaban al juego sin descuento 18 minutos.
En este corto lapso, Puntarenas buscó el gol por el camino incorrecto; solo usó un argumento: centros altos y largos en busca de la cabeza de Wong o Bostal. La alta y recia defensiva limonense entonces hizo fiesta.
Nelson, Harris, Artavia, Le Marck, McLean, Camacho y Calderón se unieron, se pegaron, cercaron las “testas” naranjas y terminaron por definir la confrontación.
Sobrevivió Limón.
Descendió Puntarenas.
Son dos Puertos, pero no olvidemos jamás que también son dos provincias, abandonadas a su suerte por las propias fuerzas vivas que en ellas habitan.
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