Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Lunes 12 octubre, 2015
Como periodista deportivo sentí vergüenza de mi profesión.
Es que... al fin de cuentas trabajo en zona de Concacaf.
Pertenece a la FIFA, la de Jack Warner, la de Blatter, la corrupta multinacional del deporte, embarrada de lodo en todas sus fronteras.
El sonrojo viene de no leer y escuchar a algún periodista mexicano, recordar que su Selección Nacional se presentaba a jugar el pase a la Copa Confederaciones con los Estados Unidos, después de que la organización del juego, compró a dos silbateros para que la clasificaran.
Como en México son cadena los programas deportivos en la TV, puede que en alguno de ellos, algún colega decente se haya referido a este vergonzoso suceso, pero ni lo oí, ni lo leí y esto habla pestes de nuestra profesión.
Los medios de comunicación deportivos mexicanos inundaron a sus seguidores con la previa del encuentro. Borraron, taparon, enterraron y se olvidaron de las sanciones de penal que árbitros de la zona, le pitaron a Costa Rica y a Panamá para impedir que la selección mexicana fuera eliminada.
La noche del sábado el estadio Rose Bowl de Pasadena, estaba repleto de mexicanos, miles de miles de mexicanos engrosaron una asistencia de 93.723 almas que le dejaron a la organización más de $11 millones. Este negocio millonario jamás se podía perder y hubo que tomar decisiones.
Un Estados Unidos vs. Panamá gritaba fracaso; quizá los ticos hubiesen arrimado unos pocos espectadores de más.
De algún lado llegó la orden.
¡Hay que pitar penal!
Y se pitó penal, no una vez; dos veces y eliminaron a Costa Rica y a Panamá y uno de los árbitros que pitó uno de los penales, pitó el sábado la final en Pasadena. Curiosamente, el mismo de Denver.
¡Qué porquería!
¡Qué suciedad!
¡Qué corrupción!
En las previas de este juego el periodismo deportivo mexicano urgía de un colega distinto, diferente, honesto, que pusiera sal en la herida y le recordara a los millones de fanáticos mexicanos de su seleccionado, que ese equipo estaba ahí, en esa final, porque dos árbitros fueron comprados y porque los patrocinadores y las empresas de televisión metidas en la organización del evento, no iban a perder una recaudación de $11 millones por boberías como el juego limpio.
Ahora, si hubo colegas mexicanos que recordaron el hecho corrupto, mis disculpas y honores, pero lo que escuché y leí sobre todo la noche del viernes, solo causó asco y vergüenza.
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