Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Martes 23 febrero, 2010
Pocas veces en este campeonato hemos observado una celebración de gol más entusiasta que la segunda del Herediano, el pasado domingo ante el Saprissa.
Como parte del remolino humano que se construyó en la banca del equipo rojiamarillo, rescato los saltos eufóricos de Adrián de Lemos y los abrazos efusivos de jugadores de campo y reservistas con Kenneth Paniagua.
Luis Diego Arnáez, como siempre parsimonioso, dibujó su fiesta interna aparte.
¿Quién se podía imaginar en el Ricardo Saprissa, que ese remate de Marlon Camble, desviado por Andrés Núñez, que distrajo la estirada de Keylor Navas y que fue al fondo de los cordeles en el minuto 57, sería la sentencia de muerte de los rojiamarillos?
Antes del 2-0, se produjeron dos sucesos que fueron marcando la ruta del partido; la expulsión de Cristian Blanco, puesta como principal causa de derrota por el técnico florense apenas iniciándose la segunda parte y la reacción inmediata del estratega, que saca a José Carlos Cancela y mete a Bismark Acosta.
Si lo analizamos fríamente, vemos que el Herediano de un solo “bombazo” se queda sin sus dos talentos dentro del campo: Blanco y Cancela.
Tres minutos después del 2-0, el Saprissa descuenta con un gol letal para la mente de los jugadores visitantes. El remate de cabeza de Alejandro Sequeira, sacado entre pecho, cabeza y espalda de cinco jugadores del Herediano, no solo retrató el mayor fracaso defensivo de la retaguardia florense, sino que marcó eso que se llama golpe sicológico, letal, mortífero para las huestes del Flaco.
Si el Herediano alarga unos minutos más su ventaja de 2-0, quizá pudo amarrar el triunfo, pero ese cabezazo de Alejandro, tuvo color de lápida, de tapa de cementerio y la muerte llegó.
Consciente de que la salida de Blanco y Cancela deja huérfana su zona creativa y aún ganando 2-1, Arnáez mete al talentoso José Sánchez, solo para mirar unos minutos después, como el “fenomenito” les entrega en bandeja a los morados el empate 2-2, por mejenguero.
Herediano se rompe futbolística y mentalmente y se entrega; el mortero de Josué revienta la euforia en el Ricardo Saprissa y el sastre que teje los hilos de la nueva mascota, que será de nuevo “la vieja”, en alguna bodega del coliseo se habrá abrazado con el bonachón y panzón número 12.
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