Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Martes 14 junio, 2011
Mi primera Navidad sin licor.
¡Qué belleza; qué emocionante; qué ricura!
Me trepé con mis hijas a todos los juegos, me convertí en niño; en adolescente; jugamos, reímos, gozamos y disfrutamos de una verdadera Noche Buena. Después del vacilón nos comimos unas pizzas y fui a dejarlas a su casa.
¡Qué diferente!
Tantas veces que fuimos a Zapote; les daba una platita para que se montaran en los juegos y me quedaba en una cantina esperándolas. Ahora me sentía distinto; empezaba a saborear la sobriedad, estaba muy contento por no beber. Mi vida empezaba a dar un giro importantísimo, inmenso.
La misma tropa, mis tres hijas y yo, preparamos el 31.
Decidimos repetir en Zapote porque la habíamos pasado de maravilla y luego ir a cenar para recibir al Año Nuevo.
El 31, cerca de las 5 p.m. conducía mi auto por el Tennis Club, en ruta a la casa de mis hijas cuando se me varó; empecé a localizar amigos y familiares que se fueron acercando “al lugar de los hechos”, pero lo más que pudimos arrimar al viejo Mazda fue hasta la McDonald y ahí se quedó. Lo empujaron, lo “jalaron” con cadenas, le cargaron la batería, pero mi querida chatarrita dijo ¡no!
La fiesta del 31 con mis hijas, desaparecía como por encanto.
De pronto, el milagro.
Un compañero en AA, Arturo M., quien reside por el Balcón Verde, conducía hacia su casa cuando observó al “molote” de amigos y compañeros empujando “mi lata” entre el Tennis y la McDonald.
Detuvo su auto y se acercó a la acción.
Nos acompañó hasta que mi carro dijo… no va más y al ver reflejada la angustia en mi rostro porque perdería el disfrutar del Año Nuevo con mis hijas, tuvo un gesto de solidaridad impresionante, yo diría que exclusivo de la comunidad de los AA.
Fue a su residencia y con uno de sus hijos se trajo el vehículo de su esposa, un Volvo del año y me lo prestó.
Arturo me dijo: “tome este carro, vaya y disfrute la fiesta con sus hijas y me lo puede devolver hasta que le arreglen el suyo. No tengo ninguna prisa”. Recuerdo que se lo regresé el primer lunes de enero.
Ese gesto; ese desprendimiento de Arturo me retrató de cuerpo entero la fraternidad de los Alcohólicos Anónimos: tuve una sensación de que jamás, en ninguna parte del mundo me sentiría solo, aunque estuviese solo. Con mis hijas, tuvimos y disfrutamos de un auto último modelo en las fiestas de fin y principio de año.
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