Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Viernes 11 mayo, 2012
El proceso eliminatorio al Mundial en Corea y Japón 2002 fue el pico más alto en la carrera de Alexandre Guimaraes como técnico de la Tricolor y el juego de la Selección Nacional contra Brasil, en ese torneo, ganado por los brasileños 5-2 y seleccionado como de los mejores partidos de ese Mundial, el punto de arranque que empezó a marcar serias diferencias y distanciamientos entre el entrenador y la prensa deportiva criolla.
La ruta a Alemania 2006 se llenó de espinas, pero hay que abonarle al técnico que logró una segunda clasificación, mérito e incluso hazaña que pocos entrenadores tienen en el mundo y menos en zona de Concacaf.
A Costa Rica le tocó el honor de inaugurar ese Mundial contra el anfitrión y se dio situación similar al juego Brasil y Costa Rica. Alemania lo ganó 4-2 y el partido fue escogido entre los mejores de ese torneo.
Costa Rica no está obligada a ganar la Copa del Mundo, pero tampoco está para quedar como una de las peores de la competencia.
El partidazo contra Brasil (para algunos), no me encuentro entre ellos, pues considero que el abrirse nos costó la clasificación a la segunda fase y el bonito partido inaugural en Alemania, que le sirvió a Guimaraes de excusa para amainar la debacle posterior con Polonia y Ecuador, quedaron retratados como dos logros históricos en la carrera de este estratega que luego sumó y sumó malos resultados en otros escenarios, de sobra detallados por la prensa deportiva ahora que sucumbió también en el Saprissa.
Personalmente me lastimó muchísimo el cambio brusco que se dio en la personalidad de Guimaraes, que fue tapando y borrando a aquel técnico afable, inteligente, sonriente, nacido en cuna de oro y con muchas ventajas naturales sobre la mayoría de sus colegas en Costa Rica; estratega abierto, culto, de muy buena relación con los periodistas, que precisamente le alabábamos el “ser distinto” a la mayoría de sus colegas, diferencia que se montaba, según nosotros en su academia y cultura general.
De pronto emerge otro Guima; millonario gracias al fútbol y eso no es su culpa pero crea anticuerpos (no en nuestro caso), hosco, huraño, confrontativo, esquivo, arrogante pero sobre todo y más que todo, convertido en el rey de la excusa; en el soberano de las justificaciones; en el príncipe que intenta sin éxito tapar las realidades y este comportamiento de nuevo lo conduce al fracaso. Tremenda lección.
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